SOBRE (Y PARA) UN HOMBRE

por sietenucas

El goterón de carne flácida estaba ahí cuando salí de casa. Ni sé cuánto tiempo llevaba ni cuánto se quedó, pero al volver unas horas más tarde ya había desaparecido (sospecho que para siempre). Curiosamente, me extrañó que se marchara; no parecía que quisiese o necesitase irse, todo lo contrario; juraría que, de haber podido elegir, jamás se habría movido de aquel estúpido lugar. Su traje blando caía sobre su cuerpo blando de la misma forma que sus extremidades se desplomaban, muertas y pendulantes, en busca del asfalto. El hombre parecía a punto de desprenderse de una percha demasiado frágil. Recuerdo que, al mirarle, entendí que no se trataba de un tonto al uso (como es posible que lo seamos todos):  la carne de su cara se superponía en una suerte de collage que empezada a derretirse, pero destacaban entre la masa dos ojos de urraca —incisivos y precisos— cuyas pupilas permanecían fieles a un punto muy concreto de la carretera. No parpadeaba. Preguntarse qué veía él donde supuestamente sólo hay piedra es tan inevitable como inútil: quizás sólo viese piedra. Lo cierto es que creí detectar en esos ojos obsesión, asombro y duda, y también esa perplejidad de quien ama y odia el mundo antes de llegar a (o precisamente “por saberse incapaz de”) comprenderlo. El lenguaje no puede (ni debe) fijar la sobrecogedora belleza del sinsentido, pero diré que experimenté, por fin, la más honesta empatía. La escena  —estática, casi suspendida en un espacio ajeno (un espacio libre, todavía, de la crueldad de un dios inexistente)— me resultó perfecta y torpe, de algún modo completa a pesar de la insoportable asimetría. Me alejé a regañadientes de mi desconocido.

Amanecía en Madrid.

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