Siete Nucas

"La humillación imperdonable de la excesiva intimidad."

SOBRE (Y PARA) UN HOMBRE

El goterón de carne flácida estaba ahí cuando salí de casa. Ni sé cuánto tiempo llevaba ni cuánto se quedó, pero al volver unas horas más tarde ya había desaparecido (sospecho que para siempre). Curiosamente, me extrañó que se marchara; no parecía que quisiese o necesitase irse, todo lo contrario; juraría que, de haber podido elegir, jamás se habría movido de aquel estúpido lugar. Su traje blando caía sobre su cuerpo blando de la misma forma que sus extremidades se desplomaban, muertas y pendulantes, en busca del asfalto. El hombre parecía a punto de desprenderse de una percha demasiado frágil. Recuerdo que, al mirarle, entendí que no se trataba de un tonto al uso (como es posible que lo seamos todos):  la carne de su cara se superponía en una suerte de collage que empezada a derretirse, pero destacaban entre la masa dos ojos de urraca —incisivos y precisos— cuyas pupilas permanecían fieles a un punto muy concreto de la carretera. No parpadeaba. Preguntarse qué veía él donde supuestamente sólo hay piedra es tan inevitable como inútil: quizás sólo viese piedra. Lo cierto es que creí detectar en esos ojos obsesión, asombro y duda, y también esa perplejidad de quien ama y odia el mundo antes de llegar a (o precisamente “por saberse incapaz de”) comprenderlo. El lenguaje no puede (ni debe) fijar la sobrecogedora belleza del sinsentido, pero diré que experimenté, por fin, la más honesta empatía. La escena  —estática, casi suspendida en un espacio ajeno (un espacio libre, todavía, de la crueldad de un dios inexistente)— me resultó perfecta y torpe, de algún modo completa a pesar de la insoportable asimetría. Me alejé a regañadientes de mi desconocido.

Amanecía en Madrid.

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G.

Apenas hablaba. Era tan silencioso que tampoco se hablaba de él, ni siquiera entonces, cuando todos hablábamos de todos. No era el suyo un silencio activo, sino más bien inconsciente o inevitable, inherente a su cuerpo de junco y a su expresión de tronco de árbol. Su cara marrón —una cara sin misterio ni irregularidad, sin otra belleza que la de cualquier hombre joven— permanecía impertérrita a pesar de la música que se imponía para que bailáramos. Me pregunto ahora si su cara llegó a cambiar con Ella (o por Ella o para Ella), si llegó a sonreír hasta iluminar una cama o un cuarto entero o al único testigo de esa hipotética sonrisa. Era un chico serio. Inusualmente serio. El más serio de aquellos amigos que presumían de melena y ojos claros y dientes gigantescos y blancos y que exhibían gestos a menudo burlones, irrespetuosos; malvados a veces. Los potros: cachorros pertenecientes a esa raza de primogénitos varones que nacen sabiendo besar. Tenían cierta manera de marcar el territorio, de caminar como si el mundo (el mundo era el patio del colegio y las clases de Conocimiento del Medio y las primeras discotecas y las reuniones etílicas y las propiedades de sus padres) fuese suyo desde siempre. Tocaban el balón, se peinaban con los dedos, metían sus manos en los bolsillos del pantalón del uniforme y se reían. Satisfacían caprichosas apetencias. Disfrutaban de un camino ya marcado contra el cual ni necesitaban ni querían rebelarse. Nosotras, mientras, mirábamos desde lejos. Son guapos, decíamos. Cada una elegía al suyo y nadie le elegía a él, porque era invisible para esas pupilas dilatadas que brillaban ansiosamente. Pero luego estaba yo,  que me posé en su sombra porque los otros nunca me desearían (o eso creía) y que fantaseé durante años con la personalidad del chico callado y gris que carecía del encanto de la tristeza o el tormento; el chico que parecía, simplemente, la encarnación de la nada.

Sólo se dirigió a mí en una ocasión y fue hace demasiados días, semanas, meses, siglos. Me gustó tanto.

—G. B. se ha pegado un tiro.

Le vi el viernes. El domingo, G.B. se pegó un tiro.

EL NOMBRE

No lograba pronunciar su nombre de una manera que me satisficiera. Mi lengua se posaba demasiado rápido en el paladar, frunciéndose mis labios luego; los gestos de mi cara ridículos en contraposición a la solidez que demandaba su identidad y una voz de niña quebrando la palabra que habría de convertirse en lo único importante. Me sentía en el deber de preñar aquel sonido, de dotarlo de entraña y cuerpo, de imprimir en cada letra su manera de caminar y de observarme a veces, pero las sílabas apenas llegaban a rozar los muebles del cuarto antes de desaparecer para siempre, livianas y vacías como él no lo fue nunca. Por eso dejé de llamarle. Por eso y porque empecé a quererle.

Me regaló un pintalabios que tardé nueve días en atreverme a usar. Sabía que era caro y que, de vivir mi madre, ya estaría guardado bajo llave en el cajón de las cosas bonitas que se miran pero no se tocan porque si se tocan se estropean. Todas las noches examinaba la forma perfecta de esa barra que ascendía o no dependiendo del dictado de mis dedos. Supongo que todavía me frenaba el miedo a mi propia boca de mujer, la misma que mordería cada parte de su carne y que muchos años después besaría las manos de un cadáver entubado, sentenciando sin atisbo de temblor, por fin, su nombre.

Me sacará a pasear, dice, a un lugar lejos de mí.

HO DATO TUTTO A TE

Que no eras digno de protagonizar la revelación —esa que me asaltó una tarde en forma de verdad ineludible y que ahora sólo me produce risa— lo sabías tú desde el momento en que te acercaste. No ofrecías más que un  acantilado, una mano poderosa hiriendo mi muñeca y unos ojos que me vieron antes siquiera de mirarme; que vieron el origen y la consecuencia y la propia epifanía que llegaría a mí tiempo después. Tampoco menos. Recuerdo estar tumbada en el sofá, sola, siempre sola —tus apariciones y desapariciones no eran todavía compañía, únicamente el preludio, el aviso de una unión futura más fuerte de lo que yo sería capaz de soportar—, fija en la nada, incrustando las pupilas en la nada misma —esa estantería llena de unos libros que habías confirmado del todo inútiles (no con argumentos sino con tu mera presencia carnal)—  y saberme, de pronto y a mi pesar, tuya.

Me fascinó tu lucha persistente por reducir al otro a su mínima expresión y esa manera de exponer tu cuerpo y tu alma al rayo de sol para que te atravesara. Tu miedo (porque tú también tenías miedo): el idéntico miedo que te atrajo al centro de mi ser para obligarme y obligarte a participar de aquella historia que era nuestro deber completar. Tu repentino rebajarte, humillado y ahogado en vómito, insecto repugnante, huidizo, y esa inexplicable debilidad infantil que explicaba, a su vez, tus arranques de valentía, de heroicidad, y tus incursiones en la mezquindad y en tantas otras cosas sucias en las que luego no te atrevías a reconocer tu firma. Tu vivir en esa dualidad  imposible del que pudo haber sido y será pero nunca es. Me fascinó tu sonrisa.

Las palabras amenazantes no arañaban la promesa tácita de protección, o eso creí mientras me entregaba a la dinámica de ataque y defensa que construimos como juego. Yo avanzaba por la cuerda y tú, desde la pista, me incitabas a saltar; gritando allá abajo, diminuto, vestido con un disfraz de payaso que me asustaba. Pero no había red. No había red. No había red y tú insistías; tú insistías y yo sudaba, con los músculos endurecidos y los brazos tan abiertos como las alas de un pájaro al planear, uno de esos pajarillos oscuros llamados a ascender al cielo y morir atrapados en alquitrán. Y en ese punto de tenso equilibrio la bailarina suspendida y el fetichista observador y unos setenta siglos de tiempo y ese segundo fatal en el que lo temido ya es un hecho y esa terrible carcajada: la más patética, cruel y terrible carcajada.

Eres el suicidio, pero nadie tendrá nunca tu luz.

«…ese orgullo verdadero, no el falso orgullo que transforma lo que en el momento no comprende en desdén y en indignación y así se desencadena en resentimiento y en laceraciones, sino ese orgullo verdadero que puede reconocer ante sí y sin rebajarse que amo, y no aceptaré un sucedáneo. (…) Eran como a veces llegan a ser dos personas, que parecen conocerse la una a la otra tan bien o que son tan parecidas que el poder o la necesidad de comunicarse mediante el habla se atrofian por falta de uso al comprenderse sin necesidad de que intervengan el oído o el intelecto, y que dejan de entenderse una a la otra cuando usan la palabra».

Se negó a ser diagnosticada con la obcecación propia de quien fija su atención en el mismo punto de la misma pared cada una de las noches. Se negó porque intuía que nombrar era a la vez parir y matar y no, no estaba dispuesta a entregar la libertad de no ser nada todavía.  Se negó a que los hombres de bata blanca y pupilas blancas la desnudasen, carentes de deseo,  para tumbarla en camas más frías que el desprecio de su madre. Se negó a mirarse en el espejo y no por miedo (el miedo no es posible cuando el dolor ya es apatía), sino para proteger su precoz clarividencia del poder aniquilante de las pastillas. No quiso sustituir su trozo de cielo por uno aséptico, uno extraño y enrejado, ni cambiar su gorrión por el descanso indolente de un dios que no interviene y sólo ríe, perezoso e inútil, con femeninos ademanes.

CUENTO

Por la noche dejaba un reguero de trocitos de pan, cuidando que el trazo alcanzase la complejidad óptima para garantizar la atención y el triunfo de los guías expertos solamente. Colocaba las últimas migas  en el punto exacto donde el silencio sustituía, o más bien sepultaba, cualquier pequeño ruido; a medio metro de la cueva que de día aseguraba no querer abandonar. Odiaba la soledad tanto como el silencio (quizá por eso se impuso ambos acompañantes al planear su condena), pero los soportaba  sin osar caer en la hipocresía de emitir queja. Su imperturbabilidad encontraba tregua en las primeras horas de la mañana, cuando todavía era posible que los pájaros no se hubieran zampado los pedazos y alguien apareciese, de repente, para obligarla con mayor firmeza que la suya propia a lo que no se atrevía a desear.

Detestaba los pájaros.

Solía incomodarme la mirada admirativa que con tanto esfuerzo buscaba provocar. Es posible que quisiera, en un estúpido alarde de coquetería, demostrar mi capacidad de fingirme la mujer que los demás parecían ver, olvidando contar siempre con que, una vez satisfecho el infantil capricho, sólo podría entristecerme por la imposibilidad de culminar esa conquista. Lo cierto es que sabía, desde un lugar interno donde las palabras ni existen ni es lícito imponerlas, que exponerme supondría también mostrar, inevitablemente, la verdad de mi naturaleza equívoca; el error que soy desde el día en que fui engendrada. La mirada admirativa (la mirada pura en la que pienso ahora) me confirmaba un fraude, aunque su dueño se empeñara en convencerme, mirada a mirada, de que la única ciega en ese cuarto era yo.